Huelga General e Inseguridad


España ha tenido su “huelga general” cuyo detonador parece haber sido el abaratamiento del despido o el mayor control sobre los trabajadores y desempleados, aspectos principales de la nueva reforma laboral aprobada el pasado 9 de septiembre por el Congreso de los Diputados.
Por ello, el pasado 29 de septiembre UGT y CC OO convocaron a una huelga general que, en principio, buscaba que el Gobierno socialista diera marcha atrás en la reforma laboral. Una reforma que nació con la idea de mandar un mensaje claro a los mercados sobre la intención del Gobierno de tomar medidas liberales, aunque pocos confían en que la reforma sirva para reducir la cifra de desempleados y que muchos ven que camina tristemente hacia las 5 millones de personas. Hasta aquí los hechos concretos y los motivos claros para convocar esta huelga general.
Pero, de verdad alguien se ha parado a pensar en ¿qué consecuencias económicas, políticas o sociales puede tener esta huelga general?, o que ¿en qué se distingue a otras convocatorias conocidas?, o si ¿la huelga se convoca únicamente por la reforma laboral?, o para saber ¿contra quién va realmente dirigida?, o más importante ¿ha tenido algún éxito?
Todas son incógnitas que no se han explicado muy bien y tan solo parece un pulso que pagan los ciudadanos, trabajadores y empresarios.
La realidad es que en la práctica, ni el Ejecutivo está en condiciones de variar la política de ajustes -cuya puesta en marcha ha venido motivada por la presión internacional ante la feroz crisis económica y la falta de expectativas reales acerca de una recuperación inmediata-, ni las centrales sindicales están dispuestas a modificar un ‘status quo’ que garantiza el mantenimiento de sus actuales estructuras a cambio de una razonable ‘paz social’.
Pues bien, una sencilla encuesta a varios amigos sobre su postura el día de la huelga del 29-S, me ha demostrado una extraña unanimidad al confesarme que, en este contexto de crisis económica galopante, ni comparten la utilidad de la huelga ni pueden permitírsela pero la harán si advierten piquetes amenazadores ya que no tienen ganas de sufrir acosos, presiones o agresiones, les insulten u otras tropelías análogas.
Así, por otro lado, el diario EL PAÍS, en el primer sondeo realizado sobre la protesta del 29-S, en vísperas de que el Gobierno y los sindicatos intentaran un acercamiento para ayudar a que cicatricen las heridas, publicaba que sólo un 21% de los trabajadores encuestados -algo más de tres millones de personas- asegura que hicieron la huelga, pero del sondeo se deduce que no hay ganador del pulso del 29-S. Por otro lado, un 84% de ciudadanos se sintió libre para actuar ante la protesta, participando o no en la huelga, pero un 14% asegura que se vio coaccionado para hacerla o para no hacerla. Es decir, que a un 7% le coaccionaron los piquetes para no trabajar y otro 7% se sintió forzado por los empresarios para no participar en la protesta. La extrapolación de esos porcentajes se traduce en que casi dos millones y medio de trabajadores se sintieron intimidados.
La impresión de que la huelga general fue un éxito sólo la tiene el 11%; para el 65% fue un fracaso y el 16% se queda en la zona del empate, del combate nulo en el enfrentamiento entre los sindicatos y el Gobierno. Un 34% de los que creen justificada la protesta, asegura que no participó en ella. Descontado el porcentaje de los que se declaran coaccionados, puede deducirse que uno de cada cuatro españoles veía motivos para la huelga, pero no quiso sumarse a ella.
Pero, ¿qué pasa con los sufridores ciudadanos sin beneficio alguno pero rodeados de inseguridades? Pues que esta jornada de protesta traerá consecuencias futuras por los casos en que no se ha garantizado la total libertad puesta en duda por la actuación de los llamados piquetes informativos, que en realidad se convierten en piquetes coercitivos, forma en que los sindicatos pierden definitivamente esta partida, pues la fuerza nunca puede ser un argumento, ni aunque los fines sean loables.
Y qué decir de los trabajadores. Que la huelga general tendrá consecuencias económicas para los que decidieron secundarla y que para un sueldo de 2.500 euros brutos al mes supondrá 116 euros.
Y ¿qué pasa con los representantes de los sindicatos? Pues que han trabajado con especial énfasis en las bases de un sector absolutamente clave para la huelga general como el del transporte y también en otros de amplio impacto social como la educación o la sanidad, donde no se han conseguido grandes resultados.
Creo que los sindicatos son un instrumento imprescindible para garantizar los derechos sociales, por lo que están en su legítimo derecho a promover la huelga y exponerse al éxito o al gatillazo, pero lo que me parece indignante es que en la España del siglo XXI todavía operen los denominados eufemísticamente “piquetes informativos” que solo generan inseguridad.
Así, maldita la necesidad de que se informe con “escuadrones de la persuasión” a los trabajadores por cuenta ajena o los que tienen su negocio abierto o que cumplen su labor para evitar otro recorte en su maltrecha economía. ¿Acaso hay alguien que por la permanente tormenta informativa de los medios ignore la fecha y motivo de la huelga? ¿No somos ya mayorcitos para decidir con criterio, sin necesidad de información “a domicilio”?
Se dice que tales piquetes no son agresivos, y que se limitan a explicar cortésmente las causas e implicaciones de la huelga, pero esas aclaraciones recuerdan el fenómeno inverso reflejado en la clásica película “La ley del silencio” (Elia Kazan, 1954) cuando un “piquete informativo” de la patronal sugería con nudillos de hierro a los trabajadores de la estiba portuaria, que cejasen en su postura de huelga.
Quizá los piquetes informativos formados por huelguistas tenían sentido a principios de siglo pasado en aquéllos países que reconocían tímidamente el derecho de huelga, ante la insultante situación de desempleados dispuestos a sustituir en su labor a los sacrificados huelguistas, pero hoy día la legislación española prohíbe expresamente tal suplantación con lo que ya no tienen justificación.
Una huelga general es muy respetable, y puede acompañarse de manifestaciones de apoyo pero donde se pasa la línea roja es cuando se habla con naturalidad de la planificación con estrategia militar de la actuación de los “piquetes informativos con piedras informativas”.
Por otro lado, yo siempre ha creído que la huelga era un derecho y no una obligación, pero parece que ya no es así. Ahora usted hace huelga no por decisión propia, sino porque los sindicatos lo dicen. Porque ellos, por ejemplo, que nunca se han preocupado por los autónomos, hoy se ven con la autoridad de pararle el camión si les da la gana. Una huelga que funciona a base de amenazas y no por iniciativa propia no tiene sentido ni buenos resultados.
De un piquete informativo dícese que es aquel grupo de personas que informa amablemente sobre la necesidad de apoyar la huelga o perder movilidad en los miembros inferiores, que se estropeen las cerraduras o los autobuses o lo que prefiera cada uno, que para eso vivimos en democracia.

Una reciente sentencia pone en su sitio a los piquetes informativos que se extralimitan de su papel puramente orientativo pero, casi es una anécdota.
Finalmente en una huelga como esta en la que no ganan ni los sindicatos ni el Gobierno, tan solo los ciudadanos, los trabajadores y los empresarios son los sufridores paganos.
Unos empresarios que, en muchos casos, siguen sin imaginación para resolver el problema y tan solo se fijan en algunos detalles como que consideran, igualmente, que la presencia de los “piquetes informativos” parece más propia del siglo pasado, cuando los sistemas de comunicación e información no habían alcanzado el desarrollo universal de hoy en día y reclaman que el Gobierno actúe con todas las medidas a su alcance contra posibles situaciones violentas o coercitivas y que garantice no sólo el cumplimiento de los servicios mínimos establecidos, sino la libertad de los ciudadanos para acudir a sus puestos de trabajo o abrir sus empresas sin verse sometidos a más inseguridades.
Igualmente el Gobierno, sin demasiada imaginación y tenues con la legalidad, se conforma con una huelga insabora e indolora.
Así, el Ministerio de Fomento acordó a nivel nacional con los sindicatos una serie de servicios mínimos en transporte donde cualquier observador estima que es la clave, sobre todo en las grandes ciudades.
Como breves conclusiones, puede decirse que de esta huelga general que ha generado inseguridades en el antes, en el durante y en el después, y solo ha servido para debilitar por igual a los sindicatos y al Gobierno. Ninguna de las dos partes ganó la confrontación y ni siquiera fue un empate, sino que se ha convertido en una doble derrota.
Creo que estamos de acuerdo en que hay que cambiar todo esto, pero quizás ya sea hora de buscar otra forma en esta especie de “declive del poder sindical” que no termina de encontrar su norte, o que si connivencia con el Gobierno, o que mantenimiento de los liberados sindicales (por cierto, de los últimos de Europa).
Concluyendo y, aunque los agentes sociales no se han puesto aún de acuerdo sobre la incidencia de la huelga general, sin embargo tanto la patronal como los sindicatos han emitido un comunicado conjunto con el Gobierno comprometiéndose a que a partir de ahora “los trabajadores y los ciudadanos en general sigan exactamente igual”. Las tres partes calificaron el acuerdo de “histórico”. Todos contentos y conformes, obviamente menos ciudadanos y trabajadores que han sido los paganos y sufrido las inseguridades.

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