Crisis e inseguridades galopantes en Latinoamérica


La seguridad sigue siendo un objetivo fundamental en la vida de las personas, para la reducción de la pobreza y, en definitiva, para la consecución de los objetivos del Milenio y del desarrollo humano y tiene como concepto dos dimensiones: el entorno del individuo y la esfera del Estado.
Hasta ahora, el paradigma de la política pública clásica de seguridad ha tenido el enfoque en la protección territorial del Estado como centro de sus decisiones, pensando en la seguridad como un mero asunto de orden público. Pero, el concepto de seguridad humana se enfoca en contradicción al concepto tradicional de la política pública de seguridad centrada en los individuos que viven en el Estado.
Es este sentido, y sobre todo, las instituciones estatales deberían tener de forma ineludible el mandato y el fin de la prevención y de servir a la protección, al bienestar y al desarrollo de los ciudadanos, es decir, a la Seguridad Humana.

La seguridad humana es un asunto multisectorial y multidisciplinar que no se refiere solamente al ámbito estricto de la seguridad. En cambio, el sector de seguridad si está exclusivamente dedicado a promover y garantizar la seguridad de los ciudadanos a través de los medios legislativos, judiciales y operativos como los correspondientes a la seguridad pública, auxiliada y complementada por la seguridad privada.
En este sentido, los nuevos enfoques del concepto de seguridad, aplicados por parte de la comunidad internacional en el ámbito de la prevención y la protección, deben explicar y aplicar el verdadero significado de una reforma del ámbito de la seguridad humana para un desarrollo sostenible, mientras se investiga los orígenes de las inseguridades en cada una de las poblaciones. Es decir, una vez más, debemos pensar en global pero actuar en local.
Obviamente, para proponer cambios y reformas se necesitaría un análisis de los hechos actuales en cada país que servirá como estudio de caso, especialmente en las relaciones entre las instituciones y las personas. Lanzar propuestas de mejora o soluciones globales resulta difícil ya que se requiere un análisis a nivel cualitativo y cuantitativo ampliamente representativo para verdaderamente reflejar cómo podría hacerse una reforma operativa y eficaz.
Antes de iniciar una reforma del sistema de seguridad se tiene que definir y delimitar qué se entiende por ella y se debe conocer la percepción de las seguridades e inseguridades de la población, la cual es altamente cultural y definitoria. Es por esto que cualquier reforma debe desarrollarse desde dentro y con la participación de la sociedad.
Si los organismos internacionales inician una reforma en este sentido, es fundamental reconocer cuán básico resulta la participación de los entes locales, de todas las partes sociales implicadas.

Seguridades e inseguridades globalizadas

Si partimos de la base de que las inseguridades están globalizadas pero, las seguridades no, nos posicionamos mal pero, esta es la realidad.
Aún así, no hay que olvidar que, una de las claves más importantes sigue centrada en la Seguridad con mayúscula. La seguridad es un objetivo y sólo un camino que lleva al futuro y no avanzar en la prevención solo sirve para seguir viviendo en el pasado.
En este sentido, no hay ninguna duda de que los pobres son quienes más padecen la inseguridad y la violencia. Y también se sabe que los recursos para la seguridad ciudadana del cualquier Estado latinoamericano son limitados. Por eso, la cuestión radica en cómo utilizarlos y distribuirlos, así como contar irreductiblemente, de forma rigurosa y controlada, con los medios, empresas y personal de la Seguridad Privada, como auxiliar, complementaria y subordinada de la Seguridad Pública. En definitiva, se trata de garantizar la seguridad ciudadana para todos.
Por otro lado, es necesario tener en cuenta que, la preocupación de la comunidad internacional, con respecto del crimen organizado, se centra en la realidad de que no se trata de grupos amenazantes que proviene del extranjero (por ejemplo, la mafia china o la mafia rusa) sino de múltiples organizaciones, internas o externas, que se dedican al delito actuando como empresas, es decir, suministrando bienes y servicios ilícitos o bienes lícitos adquiridos con medios ilícitos y utilizando los medios globalizados, especialmente financieros, legales.
Por que lo cierto es que, cuando estas organizaciones ejercen un control territorial, el recurso contra la violencia es escaso, basta la coacción (violencia amenazante) o la compra de voluntades y de impunidad mediante la corrupción.
Por otro lado, uno de los referentes más importantes para el seguimiento de una cierta realidad es también las reuniones del político-económico-elitista Foro de Davos donde, a los desafíos que vienen de atrás, desde la situación en Irak y Oriente Próximo, al auge del euro o los problemas con el petróleo, pasando por la inseguridad presente y la desconfianza generacional futura, o la falta de transparencia empresarial, son los asuntos pendientes más importantes del Foro Económico de Davos.
Así, a las líneas principales de debate que propuso el Foro 2004, centradas en ideas de cómo reforzar la seguridad global, la apuesta por la innovación, la gestión de nuevos riesgos y el fortalecimiento de la política empresarial, ahora hay que sumar la desaceleración de la economía de Estados Unidos, el cambio climático y el terrorismo que han sido los temas centrales del Foro de Davos celebrado recientemente.
Una reunión, que en este año, ha llevado por título “El poder de la colaboración en innovación” y ha estado divida entre otros temas en: la gestión de la inseguridad económica y la competición y la colaboración en los negocios.
Los líderes políticos y económicos reunidos en la exclusiva y elitista estación alpina de Davos no han dudado en subrayar que la crisis económica, originada por la crisis financiera anterior, tendrá importantes consecuencias sociales pero, también políticas.

Lo cierto es que ya se baraja la cifra de que la crisis global, que ha arrastrado el crecimiento económico al nivel más bajo desde la Segunda Guerra Mundial, podría dejar 50.000.000 de nuevos desempleados en el mundo.
Además, el derrumbe del precio de los productos también afectará a los países pobres tanto de forma directa, al caer las ventas, como de forma indirecta al aumentar el desempleo.
En referencia a Latinoamérica, lo más sorprendente es la relativa escasa representación procedente de esta región, ésta siendo incluso inferior a la representación africana señalada. Los latinoamericanos tienen una representación relativamente inferior a su tamaño y peso. Éste es el caso de Brasil con apenas 12 líderes procedentes del país este año, y México con 14.
Probablemente lo más interesante de Davos no está en las sesiones y conferencias, sino en la capacidad de este evento para convocar a toda una serie de líderes que hacen y deshacen las agendas y relaciones globales, tanto económicas como políticas.
Con todo esto, el Foro Económico de Davos, cerró la edición más pesimista de su historia en alerta máxima ya que la severa crisis económica podría crear reacciones sociales violentas y el resurgimiento del nacionalismo y proteccionismo en favor del “sálvese quien pueda” y la conclusión de que es hora de pensar y no de hacer negocios como siempre.
Eso sí, con seguridad. Según informaciones publicadas por medios suizos, la estación de Davos ha estado vigilada por alrededor de cinco mil militares para proteger a los líderes económicos, políticos e intelectuales que han participado en el evento.

Problemática de Seguridad en Latinoamérica

Pero, si de seguridad en Latinoamérica queremos de hablar, una vez más, hay que hablar de un objetivo importante: la seguridad ciudadana en Latinoamérica porque el año anterior ha sido un tiempo crucial para la región.
Un año, en el que los graves problemas de la humanidad y su globalización han empezado a adoptar modalidades locales camino de expresarse con igual o mayor potencia que en el resto del mundo, aunque con amenazas (terrorismo, narcotráfico, delincuencia organizada, desintegración, etc.), problemática y dimensiones diferentes entre los distintos países.
En cualquier caso, actualmente, no es la crisis financiera, ni el calentamiento global, ni el desempleo, ni el terrorismo lo que trae atemorizados a los ciudadanos latinoamericanos, sino la inseguridad ciudadana galopante.
Todo ello, dentro de buenos y malos momentos. Latinoamérica ha estado viviendo las buenas nuevas que han ocurrido en una mayoría de los países del mundo, pues frente a la incorporación al mercado y a la producción de cerca de tres mil millones de personas entre China, India y varios países asiáticos, las economías latinoamericanas que se están sumando a este nuevo movimiento han generando un enorme crecimiento interno a través de las exportaciones, especialmente de materias primas, requeridas por dichos países.
Y a pesar del significativo cambio en el escenario internacional ocurrido a partir de septiembre de 2008, en el presente año la región mantendrá un crecimiento económico cercano al 4,5 por ciento. Los resultados económicos alcanzados en 2007 y 2008 se traducen en que el PIB per cápita regional creció a una tasa superior al 3 por ciento por seis años consecutivos, hecho inédito en los últimos cuarenta años.
Los resultados del año 2008 han sido similares a los observados durante el año 2006, sin embargo la situación económica es bien diferente. Mientras que el año 2006 la región creció a un 5,6%, el año 2008 la tasa de crecimiento será bastante menor a esa cifra y el mundo se encamina rápidamente a un periodo de menor crecimiento, e incluso de recesión.
Al mismo tiempo se observó en los últimos años una significativa mejora de los indicadores del mercado de trabajo. Pero, las favorables condiciones externas que América Latina y el Caribe han disfrutado en los últimos años cambiaron drásticamente con la crisis financiera desencadenada en Estados Unidos, que rápidamente se propagó al resto de las economías desarrolladas.
No obstante la realidad es que la región esta mejor preparada que en ocasiones anteriores para enfrentar las turbulencias externas. El crecimiento sostenido de la economía regional, la disminución del desempleo y el aumento de los ingresos no salariales (remesas y programas de transferencias) han permitido una reducción en los niveles de pobreza, pero estos siguen siendo muy elevados. Aunque el porcentaje de pobres sobre el total de la población habría disminuido más de 9 puntos porcentuales entre 2002 y 2007, este todavía se encuentra alrededor del 35 por ciento, lo cual implica que 190 millones de personas se encuentran en situación de pobreza en la región, a lo que, sin duda, añadiríamos, seguirá representando una gran amenaza para la seguridad humana, en general, y la seguridad ciudadana, en particular.
Por otro lado, un estudio del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) en Latinoamérica confirma que, paradójicamente, en los países con mayor crecimiento económico la gente está menos satisfecha con su calidad de vida y su seguridad.
Es cierto que es una verdadera paradoja que los países más exitosos no tengan muy satisfecha a su población, quizá motivados por el aumento de las expectativas que en el corto plazo mucha gente no puede cumplir, porque ni siquiera el tener dinero garantiza la seguridad y que la gente sea más feliz.
No obstante, los ciudadanos latinoamericanos, en general, viven cada día más felices, más esperanzados del futuro, a la vez que con grandes y crecientes niveles de crítica sobre sus sociedades. La democracia se consolida parcial y lentamente, sin cambiar su condición de imperfección.
Los datos de un estudio de medición 2008 de Ronald Inglehart, confirman que la felicidad está asociada a crecientes grados de libertad, como lo muestra en las sociedades que no están en el nivel de subsistencia. El problema principal de los países cambia de año en año, según la situación de cada cual. Así, la violenta caída en los términos de intercambio para los productos que la región exporta, traerá una merma en la actividad económica de la región.
Otro sondeo de Latinobarómetro sostiene que en el año 2007 la delincuencia era un problema importante para el 17 por ciento de los habitantes, frente al 9 por ciento que opinaba así el 2004.
Así, la verdadera plaga de Latinoamérica en este siglo es la inseguridad y tiene muy diversos orígenes, que van desde el narcotráfico, la corrupción y la ineficacia de las fuerzas del orden hasta la impunidad y las dificultades económicas. Con tanta violencia la gente vive angustiada porque, en general, quiénes gobiernan son incapaces de prevenir y proteger al nivel que los nuevos retos que hoy demanda una sociedad más abierta y globalizada. Los ciudadanos viven supeditados a la ley del más fuerte, dentro de ese entorno cambiante, en el que impera el terror, la desconfianza y la anarquía.
No obstante, y aunque las diferencias entre países de la región pueden son muchas, lo que más debe preocupar son los denominadores comunes y los efectos de la globalización, porque todos esos casos comparten un origen común: son producto de complejos procesos de pobreza y exclusión social en los que, principalmente, el narcotráfico y las bandas organizadas han encontrado el terreno propicio y abonado para sus negocios.
Históricamente, los conflictos principales han sido distintos y derivados de los problemas económicos, la pobreza, el desempleo pero, en la medida que el problema económico fue disminuyendo a lo largo de los años de crecimiento, fue incrementándose la importancia del problema de la delincuencia como problema principal y en segundo lugar, se ubica el desempleo.
Todo ello, ocurre no sin la ayuda por la tolerancia al crimen organizado y la participación por corrupción de funcionarios en redes de ilegalidad, obviamente que favorece el fracaso del Estado en el combate contra la inseguridad, hasta el extremo de que estructuras policiales han sido usadas como redes recaudadoras tanto de los ingresos provenientes directamente de hechos ilícitos (piratería urbana, tráfico de estupefacientes, tráfico de armas, robo de vehículos, etc.) como hasta regentar concesiones de actividades ilícitas o prohibidas, como la prostitución o el juego clandestino, o el cobro de servicios, mediante extorsión, como protección.
Consecuentemente, es la primera vez desde 1995, que la delincuencia aparece como el problema principal de la región como promedio. Esto sucede porque la delincuencia ocupa las preocupaciones en las poblaciones de 7 países de la región. En contra, el desempleo solo es la preocupación principal de otros 5 países, pero en mucho menor medida en cada país.
La sensación de inseguridad sigue creciendo en la región. El último al respecto presentado por el Latinobarómetro revela que el 63 por ciento de los latinoamericanos en 2007 manifestaron que su país es “muy inseguro” y el 76 por ciento dijo “temer constantemente” ser víctima de un delito.
En cualquier caso, los problemas no son sino dimensionables en el contexto de cada país, ya que no existe la opinión pública unificada latinoamericana y cada cual se posiciona en la sociedad en que vive sin conocer la realidad de otros.
En este sentido, no hay que olvidar la inseguridad objetiva. El problema de la delincuencia es crítico en Venezuela (57%) y México (33%). También hay seis países donde alcanzan cerca del 30 por ciento: Guatemala (24%), Panamá (24%), Costa Rica (22%), Honduras, (22%), Argentina, (21%), y Salvador, (20%). En todos estos países, la delincuencia es el problema principal.
Además, en una encuesta reciente de percepción sobre la corrupción, se detecta un incremento en la cantidad que pasa del 67 por ciento, en el año 2001, al 69 en el 2008. Si bien no es un aumento muy significativo, lo que queda claro es que la percepción de la corrupción en vez de disminuir, aumenta en los últimos 3 años y es importante puesto que se realizaron más de 20.000 entrevistas y que cualquier variación resulta significativa para la región en su conjunto. Independiente de la percepción de que hay más funcionarios públicos corruptos hoy que ayer, al mismo tiempo existe la percepción de que hay un progreso en la lucha contra la corrupción.
Con todo ello, es obvio que los gobiernos deben preocuparse en interpretar las opiniones y, sobre todo, las percepciones de la gente para transformar y orientar las políticas públicas al bienestar colectivo y la seguridad con capacidad de anticipación aunque, el verdadero desafío hoy está en frenar el incremento de la inseguridad antes de que por las nuevas amenazas expuestas se convierta en un problema descontrolado o de graves consecuencias.

Seguridad Pública y Seguridad Privada en la región

No hay ninguna duda de que la inseguridad es factor de atraso. La ola de criminalidad que azota a Latinoamérica está produciendo la desintegración social de grandes sectores, lo que podría provocar la fuga de capitales en la región y, peor aún, el caos social.
Por otro lado, aunque se han pronunciado grandes empresarios e inversores en la región sobre que la criminalidad es un factor importante, pero en realidad no decisivo, las empresas se muestran cada vez más intranquilas con respecto a los asaltos a empleados, hurtos y robos en instalaciones de la empresa y el secuestro de ejecutivos y sus familiares.
Para estas empresas, la delincuencia frena el desarrollo y espanta las inversiones extranjeras. Y las cifras son elocuentes: Latinoamérica pese a tener sólo el 8 por ciento de la población mundial, registró en el 2003, el 75 por ciento de los secuestros que ocurrieron en el mundo.
Igualmente, hay que tener en cuenta que la violencia y delincuencia incrementa los gastos operativos de seguridad privada de cada empresa en la región, pues Latinoamérica está seriamente afectada por el crimen organizado y las violentas pandillas o las “maras”. Los ejecutivos no desean viajar con sus familias a regiones consideradas como de alto riesgo porque son muchas las preocupaciones y poca la información sobre las formas de operar, especialmente de la delincuencia organizada, lo que provoca una percepción y opinión, que así corroboran las últimas encuestas, donde la inseguridad está entre las primeras preocupaciones de cualquier país y, obviamente de los inversores.

Ello provoca la sensación de que se está ante un fenómeno epidémico que ya está afectando desde hace mucho tiempo a la calidad de vida, a la seguridad humana, de la mayoría de las ciudades y de los países de la región. Y, lo que es más lamentable, que muchas instituciones responsables de la seguridad ciudadana se ven desbordadas por un problema reiteradamente advertido por los ciudadanos, tanto a nivel global como local.
Como consecuencia, la evidencia dice que las tasas en aumento en violencia y homicidios dan paso a considerables costes añadidos en el crecimiento en torno a la productividad de la región.
No obstante, hasta ahora, la perspectiva de elevadas ganancias ha sido la razón de que empresas extranjeras han estado más que dispuestas a correr riesgos e inseguridad en una región con una tasa de homicidio superior, en más del doble, al promedio mundial.
A lo largo de Latinoamérica, el coste económico de la criminalidad es igualmente importante, equivalente a más del 14 por ciento del producto interior bruto de la región, aunque algunos detractores sugieren que este valor estimado es demasiado alto.

A modo de conclusiones

Con todo ello, sin duda, lo crucial del debate, entre las grandes cuestiones de Latinoamérica está y estará en demostrar que se es capaz de avanzar con el resto del mundo respetando su propia identidad y defendiendo férreamente sus intereses y, sobre todo, ofreciendo seguridad jurídica y seguridad ciudadana.
Es decir, los países latinoamericanos deben estar unificados por su seguridad, intereses, economías e identidades compartidas porque unidos serán más grandes.
Por tanto, sin olvidar que son momentos de pensar en global pero, de actuar en local y que los resultados se observarán en la región, en general, y en cada uno de los países, en particular, lo importante es comprender el significado y la importancia de los cambios a realizar para caminar hacia la evolución y la seguridad sostenible, obviamente con los beneficios evidentes y necesarios para sus habitantes.
Hay que romper duramente contra la grave situación de actividades ilícitas por que el camino sin retorno del descontrol final comienza cuando el delito se transforma en estrategia de vida o, como en el caso de México, en guerra abierta del narcotráfico contra el Estado.
En los países de alta desigualdad social, la pobreza de las ciudades está encontrando protección social y supervivencia en el delito y es, entonces cuando barrios, o zonas como las favelas, se transforman en algo ingobernable para el Estado, pero no para las redes de narcotraficantes, que se nutren allí de mano de obra dispuesta y reclutan gente para sus bandas, actividades de tráfico ilegal y, eventualmente, hasta buenos consumidores de armas y drogas.
Consecuentemente, para romper esta situación y tendencia negativa hay que trabajar sobre la equidad para que las familias más pobres, y sobre todo la juventud, tengan la capacidad de armar un proyecto sostenible de vida y así evitar, cueste lo que cueste, que la pobreza se identifique con el delito o que, simplemente, sea su favorecedor porque los sectores dominantes locales comienzan a ver al pobre como sinónimo de delincuente.
Ahora, en un año más conflictivo y pesimista, un objetivo importante sería recuperar la confianza en las instituciones de seguridad del Estado, en la policía y en los profesionales de la seguridad privada, también importante protagonista en la Seguridad Ciudadana y no sólo por carencias de los recursos de la Seguridad Pública, sino por desarrollo natural de la Seguridad Humana, la calidad de vida y la protección de personas y bienes.

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