Hablar de seguridad en el siglo XXI exige superar una concepción limitada del término. Durante buena parte de la historia contemporánea, la seguridad se ha entendido fundamentalmente como la capacidad del Estado para proteger su territorio, sus instituciones y sus ciudadanos frente a amenazas externas, conflictos armados, delincuencia, terrorismo o alteraciones graves del orden público.
Esta concepción continúa siendo necesaria. La protección frente a la violencia, el delito, el terrorismo, las amenazas híbridas, los ciberataques o cualquier otra forma de agresión constituye una función esencial de cualquier sociedad organizada. Sin embargo, ya no resulta suficiente para explicar qué significa sentirse seguro en una sociedad compleja, interdependiente y sometida a transformaciones económicas, tecnológicas, demográficas y sociales aceleradas.
Manuel Sánchez Gómez-Merelo
Consultor Internacional de Seguridad
La seguridad contemporánea incorpora una dimensión adicional: la seguridad de las personas y de sus condiciones esenciales de vida.

Veamos esquemáticamente la realidad de nuestra percepción y establecer un decálogo de la situación.
El concepto de seguridad humana
En este sentido, la evolución hacia el concepto de seguridad humana ha supuesto un cambio relevante en la forma de analizar los riesgos. Naciones Unidas señala que este enfoque desplaza el centro de atención desde la seguridad exclusivamente territorial hacia la seguridad de las personas, considerando amenazas relacionadas con la supervivencia, los medios de vida y la dignidad. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo identifica, entre otras, las dimensiones económica, sanitaria, personal, política, alimentaria, ambiental y comunitaria de la seguridad humana.
Por tanto, la pregunta que debemos formular actualmente no es únicamente “¿de qué amenazas debemos protegernos?”, sino también:
¿Qué condiciones necesita una persona para poder desarrollar su vida con un grado razonable de estabilidad, protección, libertad y confianza?
Esta cuestión permite ampliar el concepto de seguridad integral sin sustituir la seguridad tradicional, sino integrándola dentro de un marco más amplio.
Evolución del concepto tradicional de seguridad
El concepto tradicional de seguridad se construyó fundamentalmente alrededor del Estado. La seguridad nacional, la defensa del territorio, la protección de las fronteras, el mantenimiento del orden público y la lucha contra la delincuencia constituyeron durante décadas sus principales referencias.
En este modelo, el esquema básico podría representarse de la siguiente manera:
AMENAZA → RIESGO → PROTECCIÓN → RESPUESTA
La prioridad consistía en identificar las amenazas, reducir las vulnerabilidades y disponer de capacidades suficientes para prevenir, contener o responder ante una agresión o incidente.
Este enfoque continúa siendo imprescindible. Una sociedad no puede considerarse segura si no es capaz de garantizar la integridad física de las personas, proteger sus infraestructuras y servicios esenciales, mantener el orden público, prevenir la delincuencia y responder eficazmente ante emergencias y amenazas de carácter convencional o no convencional.
Pero la transformación de las sociedades contemporáneas ha ampliado sustancialmente el catálogo de factores que pueden generar inseguridad.
Una persona puede no estar expuesta a una amenaza violenta y, sin embargo, experimentar una elevada sensación de inseguridad porque no puede acceder a una vivienda, teme perder su empleo, encuentra dificultades para recibir atención sanitaria o percibe incertidumbre respecto a su futuro y su integración social.
Aquí aparece una primera transformación fundamental: aa seguridad deja de estar vinculada exclusivamente a la ausencia de amenazas y comienza a relacionarse también con la existencia de unas condiciones mínimas que permitan vivir con estabilidad y dignidad.
Esta evolución no significa que la seguridad ciudadana pierda importancia. Significa que pasa a formar parte de un ecosistema de seguridad mucho más amplio.
De la protección frente al delito y las amenazas externas a una concepción de seguridad integral
La seguridad actual se caracteriza por la convergencia de riesgos.
Las amenazas ya no se presentan necesariamente de forma aislada. Una crisis económica puede incrementar la vulnerabilidad social; una emergencia sanitaria puede afectar al empleo; una crisis energética puede repercutir sobre los precios y el bienestar; una interrupción de una infraestructura crítica puede afectar simultáneamente a la movilidad, las comunicaciones, la asistencia sanitaria y la actividad económica.
De esta manera, los riesgos se vuelven: interdependientes, transversales, multidimensionales, acumulables, dinámicos y, en determinados casos, sistémicos.
La seguridad integral debe responder precisamente a esta realidad. Podemos entenderla como: La integración coordinada de las capacidades de prevención, protección, respuesta, recuperación y resiliencia frente al conjunto de riesgos que pueden afectar a las personas, las organizaciones, las infraestructuras y la sociedad.
Desde esta perspectiva, la seguridad física, la ciberseguridad, la protección de infraestructuras críticas, la seguridad sanitaria, la seguridad económica, la protección social, la seguridad ambiental y la seguridad ciudadana dejan de ser compartimentos estancos.
La evolución conceptual puede sintetizarse así:
Seguridad tradicional
Estado → territorio → fronteras → amenazas → protección
Seguridad integral
Estado + sociedad + organizaciones + ciudadanos → amenazas y vulnerabilidades → prevención + protección + respuesta + recuperación
Seguridad humana
Persona → condiciones esenciales de vida → protección + derechos + oportunidades + dignidad + resiliencia
El enfoque de Naciones Unidas sobre seguridad humana resulta especialmente relevante porque plantea que la seguridad debe centrarse en las personas y en su capacidad para vivir libres del miedo, de la necesidad y de la indignidad, combinando protección y empoderamiento. (UNDP)
Seguridad objetiva frente a percepción subjetiva de seguridad
Una de las cuestiones fundamentales para comprender la seguridad contemporánea es distinguir entre seguridad objetiva y seguridad percibida o subjetiva.
La seguridad objetiva hace referencia a la existencia o ausencia de determinados riesgos y amenazas que pueden ser medidos mediante indicadores, estadísticas, registros, análisis de riesgos o evidencias.
La seguridad percibida o subjetiva, en cambio, se relaciona con la forma en que las personas interpretan su situación y valoran su nivel de protección, estabilidad o vulnerabilidad.
Ambas dimensiones pueden coincidir, pero no necesariamente.
Una persona puede vivir en un entorno con bajos niveles objetivos de criminalidad y, sin embargo, sentirse insegura. Del mismo modo, puede existir una situación objetiva de riesgo que no sea percibida como especialmente preocupante por la población.
Por ello, la percepción de seguridad no es simplemente un reflejo estadístico de la seguridad objetiva. Es también una construcción social influida por experiencias personales, información, expectativas, confianza institucional y contexto socioeconómico.
Esta distinción resulta especialmente importante cuando analizamos vivienda, sanidad, empleo o integración.
Así, la seguridad residencial no depende exclusivamente de que una persona tenga una vivienda físicamente segura. También intervienen la posibilidad de mantenerla, afrontar su coste, conservar el empleo necesario para pagarla o disponer de alternativas si cambia su situación.
La seguridad sanitaria tampoco depende exclusivamente de la existencia de hospitales y profesionales. La percepción puede estar condicionada por la accesibilidad, los tiempos de atención, la continuidad asistencial o la confianza en que el sistema responderá adecuadamente cuando aparezca una necesidad.
Por tanto, una política de seguridad integral debe contemplar dos preguntas diferentes: ¿Qué riesgos existen realmente? y ¿Cómo percibe la población esos riesgos y su capacidad de protección? La primera permite gestionar el riesgo. La segunda permite comprender la experiencia social de la seguridad.
La seguridad como condición para ejercer otros derechos
La seguridad no debe interpretarse únicamente como un derecho o servicio aislado, sino también como una condición habilitante para el ejercicio efectivo de otros derechos.
La Constitución Española establece que la dignidad de la persona y el libre desarrollo de la personalidad son fundamento del orden político y de la paz social. Asimismo, reconoce, entre otros ámbitos, el derecho al trabajo, la protección de la salud y el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. (BOE)
Esta conexión resulta especialmente relevante. La posibilidad formal de ejercer un derecho no siempre equivale a la posibilidad real de hacerlo.
Una persona puede tener reconocido el derecho al trabajo, pero encontrarse en una situación de inseguridad económica que limite su capacidad para desarrollar un proyecto vital estable.
Puede existir el reconocimiento de la protección de la salud, pero la percepción de dificultad para acceder oportunamente a determinados servicios puede generar inseguridad.
Puede reconocerse el derecho a una vivienda digna y adecuada, pero la imposibilidad de acceder a una vivienda asequible puede convertirse en una fuente permanente de incertidumbre.
En este sentido, el Consejo de Europa vincula expresamente empleo, ingresos, salud, nivel de vida y vivienda dentro de su marco de derechos sociales, destacando la interrelación entre estas dimensiones.
Por ello, la seguridad no consiste únicamente en proteger a las personas frente a aquello que puede dañarlas; consiste también en garantizar las condiciones que les permitan ejercer efectivamente sus derechos y desarrollar su proyecto de vida.
Nuevas demandas sociales y transformación de las prioridades ciudadanas
Las sociedades contemporáneas han experimentado una transformación profunda de sus demandas de seguridad.
La ciudadanía continúa demandando protección frente a la delincuencia, la violencia, el terrorismo o las emergencias. Pero, junto a esas preocupaciones tradicionales, adquieren mayor importancia otras formas de inseguridad asociadas a las condiciones de vida.
Entre ellas pueden encontrarse: dificultad de acceso a la vivienda; incertidumbre laboral; pérdida de poder adquisitivo; acceso y calidad percibida de los servicios sanitarios; envejecimiento y dependencia; vulnerabilidad social; exclusión; soledad; transformación tecnológica; riesgos derivados de la inteligencia artificial; desinformación; cambio climático; riesgos energéticos; ciberamenazas; migraciones y procesos de integración; y pérdida de confianza en determinadas instituciones.
El resultado es una transformación del significado social de la seguridad.
Para una parte creciente de la población, estar seguro no significa únicamente poder caminar por la calle sin ser víctima de un delito.
Significa también poder responder a preguntas esenciales: ¿Podré mantener mi vivienda?, ¿Tendré acceso a una atención sanitaria adecuada cuando la necesite?, ¿Podré encontrar o conservar un empleo que me permita vivir dignamente?, ¿Podré desarrollar mi proyecto familiar?, ¿Estaré protegido ante una situación de vulnerabilidad?, ¿Podré confiar en las instituciones y en los servicios esenciales?
Estas preguntas desplazan progresivamente el centro de gravedad de la seguridad desde la mera protección frente al peligro hacia la gestión de la incertidumbre. Y esta transformación resulta fundamental.
Porque muchas de las inseguridades contemporáneas no se manifiestan inicialmente como amenazas visibles. Se manifiestan como incertidumbre sobre el futuro.
Una nueva dimensión: seguridad y confianza
La percepción de seguridad mantiene una relación estrecha con la confianza.
Una sociedad puede disponer de instituciones, servicios públicos, sistemas de protección y capacidades de respuesta técnicamente avanzadas y, sin embargo, generar sensación de inseguridad si una parte de sus ciudadanos considera que dichos sistemas no estarán disponibles o no responderán adecuadamente cuando sean necesarios.
La confianza actúa, por tanto, como un componente intangible de la seguridad. Podemos identificar una cadena:
Protección efectiva → confianza → percepción de seguridad
pero también:
incertidumbre → pérdida de confianza → percepción de inseguridad
Esta cuestión adquiere especial importancia en un contexto caracterizado por la rápida circulación de información, la sobreexposición a acontecimientos negativos y la proliferación de contenidos difíciles de verificar.
La gestión de la seguridad exige, por tanto, no solo capacidad operativa, sino también comunicación, transparencia, información fiable y generación de confianza.
Hacia un nuevo concepto de seguridad: proteger, garantizar y capacitar
La evolución descrita permite plantear un concepto más amplio de seguridad.
La seguridad integral contemporánea debería combinar tres grandes funciones:
PROTEGER. Reducir la exposición de personas, organizaciones e infraestructuras frente a amenazas y riesgos.
GARANTIZAR. Asegurar el funcionamiento de los servicios y condiciones esenciales que permiten el desarrollo de la vida social.
CAPACITAR. Dotar a las personas y comunidades de recursos, capacidades y oportunidades para afrontar situaciones adversas.
Esta última dimensión resulta especialmente importante porque una sociedad resiliente no es aquella en la que nunca aparecen crisis, sino aquella que dispone de capacidad para anticiparlas, absorber sus impactos, adaptarse y recuperarse.
En esta concepción, la seguridad humana no sustituye a la seguridad ciudadana, nacional, corporativa o de infraestructuras críticas. Las integra en una visión más amplia y centrada en las personas.
La nueva seguridad integral humana
Llegados a este punto, el análisis conduce necesariamente a una cuestión de fondo: ¿Puede una sociedad considerarse segura cuando una parte de sus ciudadanos percibe inseguridad respecto a su vivienda, su atención sanitaria, su empleo o su integración social?
La respuesta exige evitar dos simplificaciones. La primera sería reducir la seguridad a la ausencia de delincuencia o violencia. La segunda sería considerar que cualquier dificultad social constituye automáticamente un problema de seguridad.
No toda desigualdad, carencia o conflicto social es una amenaza de seguridad. Sin embargo, determinadas situaciones prolongadas de vulnerabilidad pueden convertirse en factores de inseguridad humana, especialmente cuando afectan a necesidades esenciales, generan exclusión, deterioran la confianza o limitan de forma significativa la capacidad de las personas para desarrollar su proyecto vital.
Por ello, el verdadero desafío consiste en identificar cuándo una necesidad social se transforma en una condición de inseguridad, qué factores la generan, cómo se manifiesta en la percepción ciudadana y qué capacidades institucionales y sociales son necesarias para prevenirla y reducirla.
Esta perspectiva conduce a una concepción de la seguridad integral humana basada en la interdependencia de la: Seguridad ciudadana, Seguridad económica, Seguridad residencial, Seguridad sanitaria, Seguridad social y comunitaria, Cohesión social, Resiliencia.
En consecuencia, la seguridad del futuro no puede limitarse a proteger a la sociedad frente a las amenazas que llegan desde fuera. También deberá abordar las vulnerabilidades que se generan dentro de ella.
La seguridad integral e integrada como nuevo paradigma
El nuevo paradigma podría sintetizarse en una transición:
- De proteger territorios a proteger personas.
- De responder a amenazas a anticipar riesgos.
- De gestionar incidentes a gestionar vulnerabilidades.
- De medir únicamente hechos objetivos a comprender también percepciones.
- De actuar de forma sectorial a integrar capacidades.
- De la protección exclusivamente institucional a la corresponsabilidad público-privada y ciudadana.
- De la seguridad entendida como ausencia de peligro a la seguridad entendida como capacidad para vivir, trabajar, convivir y desarrollarse con estabilidad y dignidad.
Esta evolución no supone abandonar las funciones tradicionales de seguridad. Supone ampliar su perspectiva.
La seguridad integral e integrada del siglo XXI debe proteger frente a las amenazas, pero también debe contribuir a reducir aquellas vulnerabilidades que generan incertidumbre, fragilidad y pérdida de confianza.
En definitiva, la seguridad humana, la seguridad ciudadana, la seguridad social, la seguridad económica y la protección de los servicios esenciales forman parte de un mismo ecosistema de seguridad.
Y precisamente en ese punto se sitúa el objeto central de este artículo: analizar cómo la vivienda, la atención sanitaria, la migración y el trabajo están configurando nuevas formas de seguridad e inseguridad percibida y cómo estas dimensiones pueden influir en la cohesión y resiliencia de la sociedad.